Un paseo por el jardín

Juan Montesino Barrera

Año 2001, en el 25 aniversario del IES La Orotava-Manuel González Pérez

            Cuando llegué a este Instituto, en parte recién construido, me encontré en 1983 con unos espacios estupendos para ajardinar. Existían, eso sí, a ambos lados del patio del kiosco, dos filas de bonitos naranjeros que pese a haber disminuido en número y salud, sus naranjas siguen alegrando el gusto de algún alumno/a, en el tiempo del recreo. En la parte baja están todavía las dos palmeras, el drago, un ciruelo, dos parras y el ciprés ya grande de la esquina, que logramos salvar de las obras.

            A ambos lados de los talleres, sendos laureles de indias crecían margullendo sus raíces en la tierra como monstruos imparables, hasta que nos dejaron hace poco, "cansados" de estar encerrados en estos espacios pequeños. En la parte alta sobrevive un viejo peral, generoso en peras para los pájaros.

       Vine con algunas ideas fijas y prioritarias, como eran utilizar una sala grande para un Aula-Taller de Ciencias Naturales y aprovechar la topografía escalonada del Centro para desarrollar un Jardín de Plantas Canarias, sin muchas pretensiones pero adecuado para el estudio de nuestra flora y cerca de las aulas. Encaminado lo primero, hice un proyecto para la Administración que nos dio una ayuda de sesenta mil pesetas, que fueron gastadas en preparar algunos espacios para comenzar la siembra, con las plantas traídas del vivero del ICONA de la Laguna, con las cedidas por mi amigo Eduardo Barquín y con las que germinaron de semillas recolectadas en nuestras excursiones.

            Comenzamos la faena con la ayuda del entusiasta y entrañable alumnado de Administrativo, Sanitaria y Automoción, del entonces Centro de Formación Profesional. Se plantaron especies de la zona baja de los llamados bosques termófilos, del Monteverde y del Pinar, con un cierto orden en su distribución por los distintos terrenos dedicados al jardín. 

            También sembré, casi como un experimento, algunos tajinastes rojos del Teide que vivieron cuatro años y se marchitaron antes de florecer, lejos del clima contrastado de la cumbre de Tenerife.

            En la parte que linda con la carretera general, a la derecha de la entrada, destacan hoy varios almácigos, algunas sabinas, dos dragos, dos Pinos canarios, varios laureles, un madroño y otros del monte aún pequeños, junto a tres hermosas tabaibas amargas y otras no arbóreas como faros, gacias, verodes, bejeques, magarzas, margaritas majoreras, sin olvidarnos de los nispereros, cuyos frutos gustan a grandes y chicos y otras menos visibles como alguna mata de perejil para las tortillas. En los muros hemos cortado siempre las zarzas y respetado a la capuchina o marañuela de flores espolonadas de color calabaza, por su carácter medicinal y repelente de insectos. En la mareta frente al bar campean dos sauces machos, junto a algún árbol del Monteverde y dos matas de níspero.

            A la izquierda de la entrada, sobre el Salón de Actos, dominan dos pinos canarios grandes y dos más pequeños, plantados el mismo día del año 84, que estuvieron unos años acoquinados por dos acacias que mientras vivieron aquí, nos agasajaban con su abundante polen alérgico. En este espacio, destinado a un pinar mixto, acompañan fayas, brezos, laureles, viñátigos, sanguinos, dos madroños, una hija y otras especies del monte plantadas más tarde, como adernos y mocanes. Junto al camino de bajada, a la sombra de un pino, una salvia canaria y un cerrajón de monte sobresalen con un romero y una rara gacia de Gran Canaria. Un par de palmeras se vienen afianzando en el lugar, lo mismo que una sabina en el límite con la carretera y sobre el patio un arbusto de oroval da cobijo a las larvas gigantes de la esfinge de la calavera, una mariposa nocturna.

            En el área pegada al edificio de la  secretaría, se plantaron árboles de la Laurisilva o Monteverde que no han tenido un buen desarrollo, debido sobre todo a problemas de suelo. Pueblan este lugar varios laureles, un palo blanco, un follao, un viñatigo, un til y una hija, sin olvidarnos del drago del vértice, con poco suelo que resiste el embate continuo de algún alumno “inquieto” al que le molestan sus hojas. Varios endemismos de porte pequeño se han sucedido entre los árboles como orijamas, magarzas, coles de risco, faros, tajinastes ramificados, cruzadillas, malfuradas, geranios de monte, tajoras..., y en los bordes han sobrevivido un durazno, un heliotropo tropical oloroso, una madreselva, una adelfa y una verbena medicinal de Sudamérica.

            En el escalón inferior, sobre el patio, junto al mayor viñátigo ya medio decrépito, destacan dos palmeras plantadas a propósito en esta repisa bien visible, como homenaje a una planta originaria de Canarias que por su porte elegante y robusto, es cultivada en todo el mundo tropical.

            En las dos largas y estrechas terrazas sobre el patio se desarrolla un matorral de flora endémica, donde han quedado las más adaptadas y hoy se mantienen sin apenas manejo por nuestra parte. En el primer escalón se plantó una colección de bejeques, la mayoría de Tenerife, que se han ido extendiendo por huecos en las paredes de piedra y en los claros de estas terrazas. El número de especies, que llegó a ser de unas veinte, se ha reducido en parte por las obras de una empresa insensata que arrancó y pisó en un verano parte de estas reliquias; pero como decía el aparejador de la Administración: “de esos veroles hay muchos en los tejados”; ¡en los “tejados” de estos individuos es donde hay bien poco! Aún así, las especies  Crasuláceas restantes están a gusto en estos paredones.

            En el segundo escalón, luce exuberante un matorral de palos de sangre, cabezones, tabaibas - dulces, amargas y la de Masca -, magarzas que se extienden entre los naranjos, una retama blanca, un oro de risco de los cuatro que planté, un cardón que se recuperó después de pasar su juventud en una maceta, algunas siemprevivas, varios verodes, tajinastes blancos que cambian de sitio germinando de las semillas del que muere después de florecer, una rejalgadera de floración casi continua y en una esquina siempre he mantenido dos o tres especies de gacias, con sus numerosas flores amarillas.Helechosde monte crecen en las partes umbrías y las davalias enredan sus rizomas tortuosos por las paredes, igualque en los paredones de las huertas cercanas, de donde se trajeron. Todos los años, los bicácaros nos sorprenden brotando de la tierra donde guarecen sus batatas, con sus ramas delicadas a ras del suelo o trepando por los arbustos, mostrándonos, desde Febrero, sus preciosas flores rojas y acampanadas, símbolo del Bosque de nieblas y en cierta medida de nuestra flora.

            Sobre el polideportivo despiertan ahora las tabaibas, almácigos, margaritas y otras, después de quitar el Ficus que rompía los baños. En los parterres junto a la escalera entre los edificios, florecen en primavera los picos de paloma más amenazados de la flora de Tenerife, con pocos ejemplares en estado silvestre; de ahí la importancia de su cultivo en jardines y plazas, como primer paso hacia lo más adecuado: extenderlos en su medio natural.

            En las jardineras situadas frente a la casa del conserje, el bueno de Fernando Cifuentes  se ha preocupado por aumentar el número de especies, tanto ornamentales como medicinales. También ha instalado en los últimos años un riego por goteo en casi todos los jardines, facilitando que en la temporada seca no se nos pierdan ciertas especies delicadas y desde que vive aquí, es una apreciable ayuda en estos menesteres.

            Como se ve, otras plantas no endémicas, aunque por ello no menos interesantes, conviven aquí, como rosas, hortensias, flores de pascua, buganvillas,... y caña santa y otras medicinales, por aquello de la Fitoterapia. En suma, todas ellas cumplen al menos una función ornamental y educativa  que se deduce en este “paseo” por el jardín, escrito para que compañeros y alumnos sepan lo que tenemos al lado de donde tomamos el jugo y el bocadillo, en el descanso matutino. Sirva también para reclamar una ayuda administrativa en la contratación de un jardinero, necesario sobre todo para controlar las llamadas malas hierbas.

    De todos modos, la vista reconfortante que los jardines nos regala cada mañana, y los cantos de los capirotes, canarios, mosquiteros, mirlos, herrerillos y otras especies de nuestra avifauna, que revolotean por ramas y flores, es suficiente pago de cualquier desvelo.